jueves, 27 de septiembre de 2012

Mi supuesta "dispepsia funcional"

En primer lugar, ¿qué es la dispepsia?

La dispepsia en un trastorno frecuente que afecta hasta el 30 % de la población general.
Los síntomas de dispepsia incluyen dolor o molestias en el abdomen superior así como síntomas de quemazón, presión o plenitud. Mientras los síntomas de dispepsia pueden desarrollarse debido a enfermedades como la úlcera péptica o la gastritis, la gran mayoría de los pacientes con síntomas de dispepsia tienen diagnóstico de dispepsia funcional. Algunos estudios sugieren que la DF es una condición crónica para muchos pacientes, con un 50% de pacientes aproximadamente, que continúan experimentando síntomas luego de 5 años de seguimiento.


Después de haber leído numerosas descripciones de la "enfermedad" he llegado a la conclusión de que se le llama dispepsia a cualquier trastorno digestivo que se tenga cuando no se observan problemas fisiológicos y por lo tanto no saben qué leches diagnosticarte. También he leido experiencias de gente que lo padece y aunque hay algunas coincidencias por lo general cada uno tiene    unos síntomas y a cada uno le funcionan cosas diferentes.

Yo hace años que padezco esto, o al menos que me diagnosticaron esto por descarte. Os añado un texto que escribí hace unos meses sobre el tema. Cuando pienso en esto suelo hundirme bastante, asi que el texto está escrito de la forma más pesimista posible, espero que me disculpeis.

"Hace unos años, aproximadamente unos 14 años, comenzaron los primeros problemas.
Algunas noches, al acostarme, sentía unas nauseas tremendas que o se alargaban durante horas o acababan en vómito. Siempre iba acompañado de pulso acelerado, temblor de piernas y un miedo terrible a no saber qué pasa ni cuando se va a pasar.
Esto con los años pasó a ser más frecuente. Pasó de producirse muy de vez en cuando (cada 4 meses, 6 meses...) a darse casi a diario.

Para aquel entonces contaba con unos 14 o 15 años, y demasiada inestabilidad emocional debida a la “edad del pavo”. Estaba estudiando la eso, y la mezcla de mis dolores cada vez más frecuentes, mis noches en vela y mi cada vez peor integración social hicieron que dejara de ir a clase casi por completo. Llegados a este punto era hora de consultar a un médico. Lo primero que salió de la boca de mi médico de cabecera fue una amenaza, “si no vas a clase por los dolores van a tener que meterte por la boca hasta el estómago un tubo”. Supongo que con esto pretendía que saliera de mi fingida enfermedad y mi gandulería y volviera a ir a clase. Por alguna extraña razón mi padre tenía la misma creencia. Tras ver que no me echaba atrás me envió por primera vez a un especialista del estómago. Este hizo lo que mi médico me prometió y me diagnosticó “dispepsia funcional”. Este diagnostico no nos gustó demasiado, ya que la dispepsia no es algo concreto y no tiene ni tratamiento efectivo ni cura. Así que seguimos visitando todo tipo de “médicos”, desde milagrosos hasta monjes budistas.

Un par de años después la situación se hizo insostenible. Los dolores se daban diariamente e ininterrumpidamente las 24 horas del día. No pisaba el instituto y casi cualquier cosa que quisiera hacer se me hacía imposible. Tenía miedo de salir a la calle, lo cual hacía que no pudiera relacionarme con nadie y generaba también bastante tristeza. No podía viajar en ningún medio de transporte ya que me provocaba unas nauseas y unos nervios insoportables. M;i vida se redujo a estar todo el día en casa y a comer lo menos posible. Para entonces los médicos habían decidido que mi problema era de carácter psicológico debido a los nervios y la ansiedad. La decisión de mi médico de cabecera fue mandarme a un psiquiatra. Esta fue sin duda la peor parte de todo el proceso. En la primera visita y tras conocer mi problema (no por lo que yo dijera, sino por lo que relató mi madre dando más importancia a mi posible vagancia adolescente que a cualquier otra cosa) decidió recetarme antidepresivos y ansiolíticos. Cuando estos empezaron a hacer efecto me encontraba como en otro mundo. Todo a mi alrededor se movía más despacio y aunque el dolor continuaba me importaba un poco menos. Empecé a perder peso de forma radical y en mi cara se fue reflejando la enfermedad, tenía las ojeras casi moradas, los pómulos totalmente marcados y la mirada triste. Para la segunda cita con el psiquiatra utilizó una de las técnicas más innovadoras y revolucionaras, la psicología inversa. Se le ocurrió que la mejor forma de curarme era decirme que jamás sería nadie en la vida y que si algún día cobraba más que el, que se pasaba unas horas sentado y se forraba, que fuera a su consulta y se lo contara. Tras salir de aquella consulta llorando (y encima tener que pagarle el pastón que cobraba) juré que no volvería a pisar un psiquiatra y dejé de tomar la medicación. Después de esto visité algún psicólogo, consiguiendo resultados nulos.

Tras esta etapa vino una de estabilidad. Para entonces tenía unos 19 o 20 años. El malestar pasó a ser aunque igual de intenso muchísimo menos continuo. A pesar de esto seguía teniendo miedo a algunas cosas, como por ejemplo viajar, pero vivía con relativa normalidad. Para entonces mis estudios ya se habían torcido hasta el punto de haber echado mi vida a perder y mis amistades se podían contar sin dedos, ya que a pesar de tener pareja no me sentía demasiado cómoda con ello.
Sentirme bastante mejor era lo único bueno de mi vida. Empecé a comer cosas de las cuales ya ni recordaba su sabor mas otras tantas que me atreví a probar deseosa de comerme el mundo literalmente. Cogí mucho peso (unos 10kg) y mi autoestima fue en declive.

A comienzos del 2011 con casi 22 años, todo volvió a su origen. Tras dejar a mi pareja y dejar atrás toda mi rutina mi estómago decidió que era el momento de descontrolarse con mayor locura que nunca. Desde esa decisión unas nauseas insoportables se unieron a mi para acompañarme hasta el día de hoy. Estas nauseas se unieron a una inflamación y tensión constantes en el estómago, nuevamente la incapacidad de digerir y a esto se unió un nuevo síntoma: el mareo. Este último síntoma se daba sobre todo al encontrarme en sitios con demasiada gente. A todos estos cambios se sumó mi mudanza a otra ciudad en la que intentar encauzar mi vida, mi actual pareja y el cambio total y absoluto de cualquier aspecto cotidiano. Al principio de esta etapa me costaba horrores dormir y si lo hacía al moverme el dolor me despertaba (cosa que no me había pasado hasta entonces), me despertaba muy nerviosa y con muchas nauseas. La asistencia a clase se hacía dura, sobre todo si tenía que ir hasta ella yo sola. El hecho de que la gente de clase fuera totalmente contraria a mi me hacía todo aun mas cuesta arriba. Mis profesores y compañeros creyeron (como un día lo hicieron mi médico y mi padre) que esta solo era una excusa para no mover un dedo. Mis ganas de vivir (las cuales a veces ni me las explico) hicieron que finalmente pudiera “adaptarme” y al menos hacer posible que llegara a terminar lo que me propuse. Todo esto se hace aun más duro al no poder entender nadie por lo que estás pasando y que cuestionen tu capacidad.

A día de hoy me encuentro en uno de los peores momentos de mi “enfermedad” aunque creo que no es la peor. El malestar sigue siendo diario y aparece y desaparece de forma aleatoria e instantánea. Psicologicamente me está resultando muy duro ya que me es totalmente imposible expresar cómo me siento, hacer que nadie me entienda y sobre todo el hecho de que cuestionen mi capacidad, si estoy haciendo todo lo posible o incluso insinúen que podrían llevarlo mejor de lo que yo lo hago. Mi autoestima se encuentra en su peor momento y la desesperanza se va apoderando cada vez más de mi. Esta vez lo estoy enfocando de otra forma diferente, la cual creo que me va a ayudar mucho aunque no sea definitiva. He comenzado una dieta que voy amoldando a mi experiencia (ya que conozco la reacción de mi estómago ante muchas cosas) y que me hará ir perdiendo el peso que me hace sentir más un gordo que una mujer. También estoy integrando en el proceso algo de vital importancia: el deporte. Este no solo hace perder peso y manterse en perfecto estado físico sino que también me hacen liberar el continuo torrente de nervios que me invade incluso cuando parece que no tenga mucho sentido. Todo esto hace brotar en mi la última esperanza de poder vivir como una persona normal “o casi” durante el resto de mi vida.

En cuanto a mi futuro, me hace un nudo en la garganta de solo pensar. Mi vida académica de derrumbó por completo hasta dejarme como una persona totalmente inútil. Me atormenta tanto el hecho de saber que jamás podré trabajar de algo que me llene y me haga salir a delante como el saber que la gente de mi edad ya tiene una carrera y les espera un futuro prometedor. Por el contrario a mi me espera una vida llena de sufrimiento. Tendré que ir a trabajar (vete tu a saber donde) con un malestar terrible que en algunos momentos me llevará a extremos como no poder casi hablar, no poder razonar o incluso no poder ni estar de pie. Todo esto es insignificante con el echo de que compartir mi vida con alguien será arruinar también su vida. Soportar a una persona que se suele encontrar mal y que por lo tanto cada vez es más débil, alguien que no puede llevar una vida normal y por lo tanto limita la vida de ambos y que además sea una persona sin futuro alguno que a penas podrá aportar nada tiene que ser una tarea incluso más dura que la mía. Saber que soy un señor gordo sin futuro, enfermo y débil merma aún más mis ganas de vivir. Y lo peor de todo es que me siento egoísta al hacer pasar por todo esto a mi pareja..."







En siguientes entradas iré hablando sobre las demás.
Si has leído hasta aquí gracias.


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada